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La virtualidad, un oasis en el desierto de mis miedos

Mercedes Posada

Por Mercedes Posada Meola, directora de Comunicación Social-UTB.


La última vez que me vi con mi amiga Cris, experta en entornos virtuales de aprendizaje, le dije que yo no creía en la virtualidad, amén que sentía mucho respeto por todo lo que ella hacía, pero “no funciona para mí”, afirmé. Cris sonrío y no dijo nada, seguro pensó que lo mío era testarudez y desconocimiento. Tenía toda la razón.
La anécdota que relato ocurrió en noviembre del año pasado. Todavía no se conocía el primer caso de coronavirus en el mundo y en mis planes nunca había estado tomar un curso virtual de nada y, mucho menos, impartir clases desde una plataforma digital.


Pero la vida, con todos sus azares, siempre se las arregla para sacudir nuestros prejuicios, expandir nuestros márgenes, subvertir el orden, “cepillarnos a contrapelo”. Han pasado más de 30 días desde que se decretó la cuarentena en Colombia y, aunque todavía no acabo de asimilar el encierro, debo reconocer que las clases virtuales han sido un oasis en el desierto de mis miedos. Cuando vi las caras de los estudiantes en la pantalla después de la semana de receso, realmente me emocioné mucho. Allí estaban ellos, mis chicas y mis chicos de oro, con más preguntas que de costumbre, llenos ansiedad, pero dispuestos a seguir confiando y a darlo todo en medio de las nuevas condiciones. 


El primer encuentro por teams, nuestro nuevo salón de clases, fue inolvidable: ¿y Merce dónde está?, preguntó un estudiante. Viene por el A1, le respondieron varios (aludiendo a uno de los bloques de la UTB). Entonces lo supe: el cariño, la complicidad y sobretodo la cercanía, estaban intactos. La transición, aunque forzada hacia lo digital, había acrecentado nuestra solidaridad y ahora implicaba un nuevo pacto entre nosotros: Mantener viva la clase a través de las pantallas.
Desde la virtualidad hemos sido capaces de estudiar el concepto de industria cultural del que tanto hablaron los frankfurtianos y explorar su vigencia en la trama repetitiva de las series y películas. Una estudiante me dijo que lo que más le había gustado del pensamiento de Walter Benjamín era su cuestionamiento a la concepción tradicional de la historia y el tiempo. “En unos años miraremos hacia atrás y recordaremos todo lo que hicimos para sobreponernos a esta crisis, entonces la historia será nuestra, profe (la estudiante todavía no lo sabe, pero se ganó un 5,5). 


Desde las pantallas de teams también repasamos los elementos fundamentales de una estrategia de comunicaciones y pusimos en marcha “Coronastop”, una campaña en Instagram que busca mantenernos unidos en la distancia y hacerle trampa al aislamiento. Nos ha ido bien. En menos de dos semanas el perfil ya tiene más de 100 seguidores.
Para mantenernos cerca, cada tanto nos hablamos por whatsaap. Compartimos videos, libros, canciones, memes, textos, podcast y hasta rutinas de ejercicio. Es, finalmente, en el entorno digital donde estamos desarrollando la sociabilidad que necesitamos para sobrevivir al confinamiento. 


En un momento como este, “rico de perplejidades y no de certezas” (como diría Borges) la pandemia ha convertido a esta escéptica en creyente y hoy puedo decir que la virtualidad está siendo la salvación de mis días.

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